Un
día de sol hermoso, el abuelo y la abuela decidieron salir de paseo, fueron
entonces hasta el Bosque Alemán.
Es
un tupido bosque, lleno de árboles añejos, que tienen muchos oídos y muchos
aleteos. Muchos silbidos y muchos crujidos. Muchas hojas verdes y muchas hojas
secas. Miiiiiiiiiiles de insectos que airean la tierra y muy pocas moscas y mosquitos
para no molestar.
Los
árboles eran tan, pero tan, pero taaaan altos, que la abuela casi se cae para
atrás cuando quiso mirar hasta donde llegaban….
Comenzar
el recorrido entre la espesa vegetación, es todo un desafío. Pero el abuelo y
la abuela querían recorrer todo el bosque para contarle a sus nietos sobre el
camino. El camino siempre es único cuando se recorre, pero avisar qué cosas
pueden aparecer, es un dato que ayuda a no caer tontamente, por el foso de la
casa encantada que guarda algunas mentiras.
Al
iniciar el viaje aparecen unos grandes carteles protegidos por grandes techos
con forma de sombrero de bruja. Son de color verde oscuro. Se confunde con
el color de las hojas. El pasto que
crece poco porque el sol penetra con dificultad a través de la frondosidad de
los árboles, donde se guardan diferentes colores y olores.
En
esos carteles se relata la historia de Hansel y Gretel, o Juan y María como
reza el título.
El
abuelo va delante abriendo paso. En realidad es que tiene las piernas
muuuuyyyyy largas y la abuela muchas veces tiene que apurarse para alcanzarlo.
El
abuelo no puede esperar. La ansiedad por conocer el destino de Juan y María, lo
hace ir rápido.
Dice
la leyenda, que Juan y María se internaron en el bosque jugando distraídos sin
darse cuenta por dónde transitaban. Juntando flores, palitos y lombrices,
imitando pájaros y buscando el arcoíris, no tuvieron en cuenta que estaban
adentrándose en un bosque algo cerrado y que a la vuelta les sería difícil
encontrar el camino recorrido. En la mañana jugaron a las escondidas, imitaron el sonido
de los pájaros, olfatearon las flores, y se embarraron los zapatos. -No importa, Mamá seguro comprenderá.
Al medio día, el hambre comenzó a llamarlos. María que siempre era precavida, había cargado en su mochila semillas de almendro y nogal, dos naranjas que ayudaban a no tener sed, dos bananas cuya pulpa protegida por la cáscara permite comerla sin dificultad y un trozo de pan que mamá había preparado temprano. Se sentaron a la sombra de los árboles, contemplaron al agua de la cañada transitar entre las piedras que formaban una piscina natural, comieron y durmieron una siesta. Al despertar a media tarde, Juan quiso trepar a un árbol que tenía hermosas flores colgando de sus ramas. Eran orquídeas recién nacidas, cuya belleza deslumbró a los niños. -Trataré de llevar una planta para mamá, aguárdame aquí, -le dijo a su hermana. La altura del árbol hizo que tardara en subir y bajar, pero finalmente lo consiguió.
Al medio día, el hambre comenzó a llamarlos. María que siempre era precavida, había cargado en su mochila semillas de almendro y nogal, dos naranjas que ayudaban a no tener sed, dos bananas cuya pulpa protegida por la cáscara permite comerla sin dificultad y un trozo de pan que mamá había preparado temprano. Se sentaron a la sombra de los árboles, contemplaron al agua de la cañada transitar entre las piedras que formaban una piscina natural, comieron y durmieron una siesta. Al despertar a media tarde, Juan quiso trepar a un árbol que tenía hermosas flores colgando de sus ramas. Eran orquídeas recién nacidas, cuya belleza deslumbró a los niños. -Trataré de llevar una planta para mamá, aguárdame aquí, -le dijo a su hermana. La altura del árbol hizo que tardara en subir y bajar, pero finalmente lo consiguió.
En el monte espeso no se apreciaba casi el sol y
los niños no supieron hasta que oscureció, la hora por la que transitaba el
día.
Y ahora? De noche no sabremos bien por donde volver, el gps del teléfono no
funciona. Estamos cerca o lejos de casa?
-Mmmmm, me parece que nos perdimos. Pero no, nunca estamos perdidos, si vamos juntos.
-Mmmmm, me parece que nos perdimos. Pero no, nunca estamos perdidos, si vamos juntos.
Una
luz se pudo ver entre las ramas, era la luz de la casa encantada. Iremos hacia
allí dijeron los niños. Y los abuelos fueron.
La
casa tenía la puerta abierta y también las ventanas. Allí la bruja guardaba
historias; muchas historias que contaba a los niños que llegaban a visitarla
junto a sus maestras.
Todos
los días a la hora de la siesta, una bruja del barrio leía cuentos para quien
quisiera oírlos. De la cocina salían aromas exquisitos de tortas de naranja
como le gusta al tio Valentín, y torta de chocolate como le gusta al tio
Martín, y de pan recién horneado como el que hace Mamá.
Un
heladero los espera en la puerta para obsequiarles un vasito de crema y
chocolate helado. El abuelo se comió dos.
La
historia cuenta que la bruja encerró a Juancito para luego poder comérselo. La abuela no les creyó la leyenda. Con tanta comida rica preparada en la cocina,
mirá si la bruja iba a querer comer a un niño que tiene huesos y cartílagos, pelusita
en el ombligo y pelotitas entre los
dedos de los pies.
En
realidad la abuela y el abuelo descubrieron que esa era otra historia mentirosa, que solo quería alimentar el miedo de los niños.
Los niños formaban una ronda en torno a la
bruja que leía con lentitud y parsimonia el cuento de Juancito y María. El
fuego de la estufa estaba encendido para dar calor al ambiente.
Cuenta
la leyenda, que María percibió las intenciones de la vieja bruja y logró
engañarla huyendo de la casa encantada,
junto a su hermano.
Pero en realidad el abuelo
y la abuela, comprobaron que la casa encantada era un hermoso lugar
perdido en el bosque alemán donde se comían muy ricas tortas y se escuchaban cuentos fantásticos que alegraban
a los niños.
Algunas veces, las ventanas de la casa encantada, hacían gestos porque no creían todo lo que oían.
Algunas veces, las ventanas de la casa encantada, hacían gestos porque no creían todo lo que oían.








