Había un vez un corderito que no sabía decir beeeee.
Un día su mamá salió a comer y lo dejó durmiendo entre los árboles, abrigado por las rocas que rodeaban el lago. Esos gigantes de piedra, resguardaban a las ovejas, del viento que hacía más duro el frio del invierno.
Tan blanco como el blanco, tan indefenso y frágil, sus patitas sostenían tambaleante el cuerpo pequeño del nuevo integrante del rebaño.
Si su mamá se alejaba, intentaba pararse y avanzar hacia ella, pero no balaba. No decía ni beeee. Solo movía nerviosamente su delgada cola, aún sin lana.
-Qué sucede corderito -pregunté. No respondió y su postura temerosa me hizo desistir de acercarme.
La perra quiso enseñarle a ladrar, pero él ni lo intentaba. Tal vez un gran susto lo había dejado sin voz. Al pasar de los días vi como comenzaba a saltar y correr con los otros corderos que iban naciendo. Mientras otros balaban llamando a sus mamás, El solo corría hasta donde su madre estaba y mamaba su leche hasta quedar satisfecho.
Hoy nos hemos despertado, con un beee desconocido, era el corderito que invitaba a jugar a los nuevos integrantes del rebaño.-

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